Aceptación radical: cuando dejar de luchar es un acto de fe
Al comprender la realidad y entender lo que es posible hacer, el sufrimiento se vuelve más leve.
Tenemos la tendencia de resistir a todo lo que nos hiere, incomoda o escapa a nuestro control. Queremos respuestas rápidas, soluciones inmediatas y una sensación constante de dominio sobre la vida. Pero la verdad es que, con cierta frecuencia, nos encontramos ante situaciones que no pueden ser cambiadas, al menos no ahora, o no por nuestras propias fuerzas.
Es en ese punto donde entra un concepto muy importante para la salud emocional: la aceptación radical de la realidad. Esta práctica, muy utilizada en terapias contemporáneas, significa reconocer la realidad tal como es, incluso cuando es dura, injusta o dolorosa. Aceptar radicalmente no es estar de acuerdo con lo que pasó, ni entregarse pasivamente a la situación. Tampoco es fingir que nada está ocurriendo, sino dejar de luchar contra aquello que no puede ser cambiado en este momento.
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Cuando no aceptamos la realidad, entramos en un sufrimiento secundario: además del dolor natural de la situación, sufrimos intentando negar, controlar o resistir lo inevitable. Ese esfuerzo constante consume energía, aumenta nuestra ansiedad y nos mantiene atrapados en lo que ya pasó o en lo que no está en nuestras manos cambiar.
Cuando aceptamos la realidad tal como es, podemos actuar con más sabiduría, elegir cómo responder a lo que está ocurriendo y cuidar mejor de nosotros mismos. Suelo usar una metáfora con mis pacientes: la metáfora del juego de cartas. Si un jugador percibe que sus cartas son muy malas, puede quejarse, pedir que las repartan de nuevo, puede desistir del juego y todo eso es resistencia. La postura de aceptación radical consiste en reconocer que las cartas no son buenas y aun así hacer las mejores jugadas posibles con ellas.
Entregar en las manos de Dios
Para quien tiene fe, este proceso se vuelve aún más profundo: aceptar radicalmente la realidad coincide con un acto de entrega a Dios. Es reconocer que existen límites para nuestra fuerza humana y que el Señor sigue al control, incluso cuando todo parece escaparse del nuestro. Es poder orar como Jesús lo hizo en Getsemaní: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). Es vivir de acuerdo con 1 Pedro 5:7: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”.
Escribo esto no como alguien que solo conoce la teoría, sino como alguien que experimentó la aceptación radical de la realidad unida a la entrega a Dios, y ha vivido una paz que supera la razón. Hace algunos meses necesité pasar por una cirugía que me dejó con secuelas. Los perjuicios estéticos serían suficientes para afectar emocionalmente a cualquier mujer que conozco. Es claro que aquello no me hizo feliz, pero la postura de aceptación y la fe en Dios transformaron aquel momento tan difícil en algo más llevadero.
Aún estoy en recuperación posoperatoria y muy probablemente necesitaré una nueva cirugía, pero estoy muy tranquila y segura, a pesar de todo lo que he pasado.
Cuando entregamos a Dios aquello que no podemos cambiar, dejamos de cargar solos el peso de intentar mantener el control. Eso no significa pasividad, sino confianza: hacemos lo que está a nuestro alcance y descansamos en el cuidado de aquel que lo gobierna todo.
Tres preguntas que pueden ayudarte
Quizás hoy estés ante una situación difícil, resistente a todos tus esfuerzos. Si ese es tu caso, estas preguntas pueden ayudarte:
- ¿Qué está realmente bajo mi control?
- ¿Qué necesito aceptar para encontrar paz?
- ¿Qué puedo entregar en las manos de Dios?
Aceptar radicalmente la realidad y entregarla a Dios no elimina el dolor, pero transforma la forma en que lo experimentamos. Es en ese lugar de aceptación y entrega donde descubrimos el verdadero sentido de estar en paz en medio de las tempestades.
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