La felicidad de los hijos: ¿tener más o amar más?

 

La felicidad de los hijos: ¿tener más o amar más?

La verdadera felicidad no depende de lo material. Descubre cómo enseñar a tus hijos a encontrar sentido, paz y propósito desde el hogar.

La verdadera felicidad de los hijos se construye en un hogar que enseña del amor de Dios. (Foto: Shutterstock)

Nunca imaginé que hablar de felicidad pudiera ser tan complejo. Es un concepto tan común y, al mismo tiempo, tan abstracto. Pero si de algo estoy convencida es de que, como padres, deseamos la felicidad de nuestros hijos. Entonces vale la pena detenernos un momento y preguntarnos: ¿qué es realmente la felicidad y dónde se aprende a buscarla?

Reconozco que demoré algunos años en poder definir de forma madura lo que es la felicidad. En mi infancia, la educación emocional no era común, y lo que más se parecía a la felicidad, según mis criterios de entonces, era la satisfacción de los propios deseos: tener más, disfrutar más, lograr más. Y claro, desde esa perspectiva, la felicidad gira alrededor del “yo”. Pero esa idea tiene un problema: es frágil. Cuando las circunstancias cambian o los deseos no se cumplen, esa supuesta felicidad desaparece.

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Lo que la felicidad no es

La felicidad no es tener siempre lo que queremos.
No es una vida sin problemas.
No es acumular cosas ni buscar placer constantemente.
Y tampoco es simplemente una emoción de alegría que aparece y desaparece según el día.

¡La felicidad es algo más profundo! Tiene que ver con una vida que encuentra sentido, paz interior y propósito.

Principios para una felicidad duradera

Al estudiar este tema, llegué al capítulo 71 del libro Mente, carácter y personalidad, tomo 2, titulado “La felicidad”. De allí extraje diez ideas presentadas por Elena de White sobre este tema:

• La felicidad nace de la armonía entre mente y cuerpo. Cuando las facultades físicas y mentales funcionan en equilibrio y salud, la persona experimenta una felicidad más pura (p. 285).

• La salud es un componente importante de la felicidad. No se puede disfrutar plenamente la felicidad si el cuerpo no se cuida y no se respetan las leyes de la salud (p. 285).

• El servicio desinteresado produce verdadera felicidad. Dios estableció una ley espiritual: cuando actuamos con amor hacia otros, la bendición vuelve también a nosotros (p. 286).

• Hacer el bien a otros trae alegría y bienestar. Las palabras amables y los actos de ayuda no solo bendicen a quienes los reciben, sino también al que los practica (p. 286).

• La verdadera felicidad se encuentra en una vida con Cristo. Cuando Jesús está presente en la vida, desaparecen la inquietud y el descontento, y la vida se llena de propósito (p. 286).

• La felicidad egoísta es inestable y pasajera. Cuando la felicidad se busca solo para uno mismo, fuera del deber y del servicio, termina dejando vacío el corazón (p. 288).

• La verdadera felicidad nace de un corazón en paz con Dios. Ni las riquezas ni las apariencias producen felicidad real; esta surge de una relación correcta con Dios (p. 288).

• El amor es una de las fuentes más poderosas de felicidad. El amor puro produce bien, evita conflictos y trae bienestar verdadero a la vida (p. 288).

• La felicidad crece cuando vivimos para beneficiar a otros. Dios diseñó la vida de tal manera que encontramos alegría al ayudar y bendecir a los demás (p. 289).

• La felicidad comienza con Cristo ahora y se perfeccionará en la eternidad. La comunión con Dios trae gozo en esta vida y apunta a una felicidad completa en el cielo (p. 293).

¡Estas ideas contrastan fuertemente con la forma en que nuestra cultura suele definir la felicidad!

Lo que la cultura nos hace creer

¿Quieres que tu hijo sea feliz?
Cómprale más juguetes.
Dale todo lo que pide.
Evita que se frustre.
Hazle la vida más fácil.
Llena su vida de entretenimiento.

Y muchas veces caemos en la tentación de hacerlo. A veces porque somos padres inexpertos. Otras veces porque cargamos nuestras propias carencias de la infancia y queremos compensarlas en nuestros hijos.

Sin embargo, las orientaciones de Dios muestran algo distinto: la verdadera felicidad no nace de tener más, sino de aprender a amar, servir, agradecer y confiar en Dios. ¡Todo eso también contribuye a una buena salud!

La felicidad se aprende en casa

Pensando en la vida familiar, esto tiene implicaciones muy prácticas.

Los hijos no nacen sabiendo dónde encontrar la felicidad; la aprenden observando y practicando hábitos que ven en el hogar. Aprenden cuando ven gratitud en lugar de queja; cuando descubren la alegría de ayudar a otros; cuando los padres enseñan que el cuerpo es templo del Espíritu Santo y debe cuidarse; y cuando experimentan que confiar en Dios trae paz, incluso en medio de las dificultades.

Tal vez por eso una de las mayores responsabilidades —y también uno de los mayores privilegios— de los padres es enseñar a sus hijos que la felicidad no se encuentra en el egoísmo, sino en el amor.

Más allá de tener: vivir con propósito

Porque al final, la verdadera felicidad no consiste en tener más, sino en vivir en paz con Dios y en bendición para los demás.

¡Y esa es una felicidad mucho más profunda y duradera que cualquier placer momentáneo!

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